Noche de sábado. Musiqueando. Esos lentos clásicos que suenan y te recuerdan cosas que preferirias olvidar. No se porque asocio esta situación a la pelicula de Bridget Jones: la gordis comiendo helado, echada frente al televisor, torturandose con un tema lento que no recuerdo bien.
Por lo pronto ahora suena Thank you de Dido, it is not so bad... La previa de Phil Collins, Against of odds me knockeo.
En fin, no voy a dar un catalogo musical porque no estamos en un karaoke, encima ahora arranca Cold Play, The Scientist, nobody said it was easy, asi que cartón lleno...
La música dibuja instantes. Es increible el poder del sonido, tanto como el de los olores.
Los sentidos se transportan cuando suena un tema o entramos a un lugar y olfateamos ese cafecito con leche una tarde de frío.
Es aconsejable cerrar los ojos y retener todo lo que pueda nuestra memoria traer en ese momento y en lo posible, anotarlo. Hice ese ejercicio muchos años, pero no encuentro el cuaderno donde lo anotaba. Acto fallido diria el Freud y sus discipulos.
Sería interesante releer lo que escribia una adolescente de 15 años, estado puro de emoción. En esas epócas donde todo era ilusión y soñaba con lo que depararía el futuro. En esas epocas donde uno no imaginaba que puertas abriria o cerraria. La vida era un cuento. Elige tu propia aventura, clasico, colección que le falta un tomo: el escrito por uno mismo.
Seria bueno que exista un libro que te de la posibilidad de agregar o arrancar capitulos, aun cuando esté publicado. Tambien sería bueno que eso sucediese en el camino que uno recorre y construye. Estoy cursi. Mejor me voy a dormir.
No todo está perdido, suena Let it be.
domingo, 5 de diciembre de 2010
martes, 23 de noviembre de 2010
La cautivadora de vienenses apasionados
Dícese de ella que camina por las calles en las noches en busca de sus presas.
Su estrategia parece simple, se viste de rojo de pies a cabeza y simplemente circula.
Es dueña de miradas fascinadas. Su sex-appeal atrae como un imán y ellos, los hombres y no tanto, se pegan como clips.
Ella se regodea con esta actuación, es conocedora de cada movimiento y gesto que cautivará la atención de su víctima. La predictibilidad la aburre, pero ella debe satisfacer su deseo.
Camina y camina con un único objetivo: encontrar alguien fuera de lo común, distinto.
Espera el día que alguien actúe diferente y desafíe su mandato, que genere un cambio de paradigma y la obligue a pensar en otro método.
Por el momento, todo es habitual y reiterativo. Ellos, se muestran apasionados, enamorados, deslumbrados. Se acuestan con un sueño, se despiertan con la realidad.
Ella simplemente, observa y espera cauta. Juega el juego y se divierte. A veces más, a veces menos.
Sabe que es dueña de sus destinos y le divierte pensar alternativas que la convertirán en un ser supremo, casi sagrado. Se colocará en un altar para ser venerada, con los años la idolatrarán.
Hay algo que la hace especial que la convierte en un ser con poderes únicos.
En el medio de la noche, espera. Abre los ojos y observa a su compañero casual que yace a su lado. Le atrae ver como el párpado tintinea e imaginar que está pasando en ese instante por la mente de ese sujeto.
Se queda horas mirando y esperando el momento justo antes de que logre despertar. En ese microsegundo inmediato anterior, un haz de luz es lanzado desde el centro de su pecho, allí donde late su corazón. Esa luz, lo convierte en polvo y logra desintegrarlo totalmente para pasar a otra dimensión.
Los convierte en objetos de colección que coloca sutilmente dentro de frascos de mermelada hasta su total cristalización.
Luego, los lleva al freezer previamente, coloca colorantes que le dan un toque más creativo a su elaboración.
Finalmente, son distribuidos en hileras uno arriba del otro, pilas y pilas de frasquitos coloridos conteniendo lo que fue un posible sueño que jamás despertó pero que conservan total conciencia aunque estén desintegrados. Ellos están ahí, pero no pueden manifestarse. Han quedado fragmentados pero son testigos de la situación.
Al dia siguiente, ella abre las puertas de su negocio en plena avenida Corrientes, coloca una pizarra abierta en la entrada con el menú del día y ofrece a sus comensales platos deliciosos, que devoran con pasión.
La entrada es acompañada por pan con manteca y una salsita casera de colores radiantes que todos mueren por probar. Especialidad de la casa, anuncia la carta.
Así, día tras día, detrás del mostrador, ella observa como sus víctimas son deglutidas y desaparecen.
Así se ejecuta su ritual, en memoria de quienes han desintegrado sus sueños, allí cuando despertaban con la realidad.
Yanina Marquevich
Su estrategia parece simple, se viste de rojo de pies a cabeza y simplemente circula.
Es dueña de miradas fascinadas. Su sex-appeal atrae como un imán y ellos, los hombres y no tanto, se pegan como clips.
Ella se regodea con esta actuación, es conocedora de cada movimiento y gesto que cautivará la atención de su víctima. La predictibilidad la aburre, pero ella debe satisfacer su deseo.
Camina y camina con un único objetivo: encontrar alguien fuera de lo común, distinto.
Espera el día que alguien actúe diferente y desafíe su mandato, que genere un cambio de paradigma y la obligue a pensar en otro método.
Por el momento, todo es habitual y reiterativo. Ellos, se muestran apasionados, enamorados, deslumbrados. Se acuestan con un sueño, se despiertan con la realidad.
Ella simplemente, observa y espera cauta. Juega el juego y se divierte. A veces más, a veces menos.
Sabe que es dueña de sus destinos y le divierte pensar alternativas que la convertirán en un ser supremo, casi sagrado. Se colocará en un altar para ser venerada, con los años la idolatrarán.
Hay algo que la hace especial que la convierte en un ser con poderes únicos.
En el medio de la noche, espera. Abre los ojos y observa a su compañero casual que yace a su lado. Le atrae ver como el párpado tintinea e imaginar que está pasando en ese instante por la mente de ese sujeto.
Se queda horas mirando y esperando el momento justo antes de que logre despertar. En ese microsegundo inmediato anterior, un haz de luz es lanzado desde el centro de su pecho, allí donde late su corazón. Esa luz, lo convierte en polvo y logra desintegrarlo totalmente para pasar a otra dimensión.
Los convierte en objetos de colección que coloca sutilmente dentro de frascos de mermelada hasta su total cristalización.
Luego, los lleva al freezer previamente, coloca colorantes que le dan un toque más creativo a su elaboración.
Finalmente, son distribuidos en hileras uno arriba del otro, pilas y pilas de frasquitos coloridos conteniendo lo que fue un posible sueño que jamás despertó pero que conservan total conciencia aunque estén desintegrados. Ellos están ahí, pero no pueden manifestarse. Han quedado fragmentados pero son testigos de la situación.
Al dia siguiente, ella abre las puertas de su negocio en plena avenida Corrientes, coloca una pizarra abierta en la entrada con el menú del día y ofrece a sus comensales platos deliciosos, que devoran con pasión.
La entrada es acompañada por pan con manteca y una salsita casera de colores radiantes que todos mueren por probar. Especialidad de la casa, anuncia la carta.
Así, día tras día, detrás del mostrador, ella observa como sus víctimas son deglutidas y desaparecen.
Así se ejecuta su ritual, en memoria de quienes han desintegrado sus sueños, allí cuando despertaban con la realidad.
Yanina Marquevich
miércoles, 17 de noviembre de 2010
La conciencia de lo invisible
Mañana de sol. Viernes. Un día como todos pero algo lo diferenciará. Viajar en el colectivo rumbo al sur de la Capital Federal. El rojo semáforo ilumina ese instante, minutos quizás que me hacen despertar.
Sobre la vereda observo lo invisible para muchos. La realidad acecha implacablemente.
Acostados en hilera uno al lado del otro se ve lo incomprensible.
Siete cabezas asoman entre mantas viejas y cajas de cartón utilizadas para protegerse del frío, pero no solo climatico sino de la indiferencia del mundo que los rodea. Gente que pasa y desvía la mirada como si eso que está ahí desapareciera simplemente por no mirar. Siete niños durmiendo en la vereda como una vidriera atroz mostrando lo peor de esta humanidad que es el hambre y el desamparo. Ahi, a plena luz del día que se torna sombría. Hoy sin duda el dia no es como todos. Hoy lo invisible se hizo presente. Siete cabezas asomando. Siete destinos inciertos de vidas que quizas no serán, o si, pero dependeran de otros, de voluntades ajenas o compasión para acceder quizas a lo mínimo. No tienen techo, sus guaridas son cajas de carton en plena ciudad.
El pecho se anuda , se llena de impotencia e interrogantes. Giro la cabeza y observo desde la ventanilla a mi izquierda , el imponente edificio que los cobija del sol y los deja desnudos. Alli impavido, sin escrupulos, está el Congreso de la Nación.
Alli se albergan los representantes del pueblo. Alli a pasos nomas, nadie asoma su cabeza por la ventana para ver esa vereda y esas siete cabezas que asoman o que se esconden o que se acurrucan soñando en volver a la panza de mamá. Alli donde todo era sueños de lo que nunca será.
La sensación de asco es aberrante . Al llegar al trabajo tuve ganas de vomitar. Ese vómito es un grito silencioso desesperado lleno de preguntas sin respuestas. Mientras tanto, a lo lejos se escucha un tema de Queen, Show must go on, yo me pregunto: - ¿Debe continuar?...
Yanina Marquevich
Sobre la vereda observo lo invisible para muchos. La realidad acecha implacablemente.
Acostados en hilera uno al lado del otro se ve lo incomprensible.
Siete cabezas asoman entre mantas viejas y cajas de cartón utilizadas para protegerse del frío, pero no solo climatico sino de la indiferencia del mundo que los rodea. Gente que pasa y desvía la mirada como si eso que está ahí desapareciera simplemente por no mirar. Siete niños durmiendo en la vereda como una vidriera atroz mostrando lo peor de esta humanidad que es el hambre y el desamparo. Ahi, a plena luz del día que se torna sombría. Hoy sin duda el dia no es como todos. Hoy lo invisible se hizo presente. Siete cabezas asomando. Siete destinos inciertos de vidas que quizas no serán, o si, pero dependeran de otros, de voluntades ajenas o compasión para acceder quizas a lo mínimo. No tienen techo, sus guaridas son cajas de carton en plena ciudad.
El pecho se anuda , se llena de impotencia e interrogantes. Giro la cabeza y observo desde la ventanilla a mi izquierda , el imponente edificio que los cobija del sol y los deja desnudos. Alli impavido, sin escrupulos, está el Congreso de la Nación.
Alli se albergan los representantes del pueblo. Alli a pasos nomas, nadie asoma su cabeza por la ventana para ver esa vereda y esas siete cabezas que asoman o que se esconden o que se acurrucan soñando en volver a la panza de mamá. Alli donde todo era sueños de lo que nunca será.
La sensación de asco es aberrante . Al llegar al trabajo tuve ganas de vomitar. Ese vómito es un grito silencioso desesperado lleno de preguntas sin respuestas. Mientras tanto, a lo lejos se escucha un tema de Queen, Show must go on, yo me pregunto: - ¿Debe continuar?...
Yanina Marquevich
sábado, 23 de octubre de 2010
Indicadores
La pobreza no entiende de indicadores. Los niños hambrientos solo oyen el crujir por las noches de sus estómagos vacíos. El mundo indiferente discute banalmente si con 1 dólar diario podemos alimentarnos. Disfraces y caretas , pan y circo. Miramos como espectadores la desigualdad que día a día aumenta tanto o más que el supuesto crecimiento económico. De costado.
Mientras tanto no solo se inflan los precios, sino la impotencia. Crece la bronca por ver una sociedad cada vez más pobre, ignorante y manipulada que es utilizada como moneda de cambio. La vida cada día vale menos, ya todos desconfiamos de todos y se pierden los códigos básicos. Hoy nuestra vida vale una billetera.
Crece la indignación de ver tanto despilfarro clientelista, y vetan leyes que servían para alimentar a nuestros abuelos, esos que nos alimentaron con sueños y cuentos cuando eramos niños.
Son esos abuelos que muchas veces se van a dormir con un plato de sopa y escuchan esos tristes cuentos de sus gobernantes por televisión mientras miran como bailar por un sueño puede idiotizar a las masas que siguen su dia como zombies sin saber que el cementerio se llena de gente valiosa.
Somos una sociedad de fantasmas ciegos, que ignora el dolor a cambio de lipoaspiración de ideas. Consumo barato de artefactos descartables, todo ya, deme dos y le regalo mi esclavitud en cuotas fijas. A cambio le doy mi voto para poder cambiar el celular con el chip que conecta con los marcianos y barre-alfombras digital.
Algunos permanecemos despiertos y observamos con temor, sin demasiada acción. El temor es que se den cuenta que estamos atentos, el temor es que algún día alguien calle nuestra voz.
Nos convertiremos en fantasmas mimetizados pero algún día esas minorías hablaran, porque como dijo Lorca, hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las oye. Pero que si salieran de pronto y gritaran, llenarían el mundo.
Yanina Marquevich
Mientras tanto no solo se inflan los precios, sino la impotencia. Crece la bronca por ver una sociedad cada vez más pobre, ignorante y manipulada que es utilizada como moneda de cambio. La vida cada día vale menos, ya todos desconfiamos de todos y se pierden los códigos básicos. Hoy nuestra vida vale una billetera.
Crece la indignación de ver tanto despilfarro clientelista, y vetan leyes que servían para alimentar a nuestros abuelos, esos que nos alimentaron con sueños y cuentos cuando eramos niños.
Son esos abuelos que muchas veces se van a dormir con un plato de sopa y escuchan esos tristes cuentos de sus gobernantes por televisión mientras miran como bailar por un sueño puede idiotizar a las masas que siguen su dia como zombies sin saber que el cementerio se llena de gente valiosa.
Somos una sociedad de fantasmas ciegos, que ignora el dolor a cambio de lipoaspiración de ideas. Consumo barato de artefactos descartables, todo ya, deme dos y le regalo mi esclavitud en cuotas fijas. A cambio le doy mi voto para poder cambiar el celular con el chip que conecta con los marcianos y barre-alfombras digital.
Algunos permanecemos despiertos y observamos con temor, sin demasiada acción. El temor es que se den cuenta que estamos atentos, el temor es que algún día alguien calle nuestra voz.
Nos convertiremos en fantasmas mimetizados pero algún día esas minorías hablaran, porque como dijo Lorca, hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las oye. Pero que si salieran de pronto y gritaran, llenarían el mundo.
Yanina Marquevich
sábado, 9 de octubre de 2010
Marumba - El esquimal
Marumba vive en el Polo Norte. Todos los días tiene una ardua misión: despejar la puerta de entrada de su casa esquimal. Dos horas continuas de pala para lograr salir. Es como el equivalente del señor que durante los domingos corta el pasto o lava el auto. En su caso, debe palear para ver la luz del día. Uno podria pensar que dicha rutina se torna insoportable; Marumba lo garantiza, realmente lo es.
Marumba desea con todo su ser que se derrita la extensión en la que habita. Kilos de nieve se multiplican día a día, no entiende entonces lo de las campañas ecologistas por calentamiento global.
Luego de tomar un submarino calentito, busca su herramienta y comienza el meticuloso proceso de apaleamiento. Previamente, se calza unos guantes de lana y un sweater verde que tiene bordado un reno de colores, se lo tejió su madre. Ese ritual está como incorporado cuasi programado.
Cuando termina de despejar la entrada, sale y respira hondo, retiene el aire. Sus pulmones se hinchan de felicidad y alivio por la tarea finalizada. Su sensación claustrofóbica a veces no lo deja dormir por la preocupación de la mañana siguiente y todo este trajín agobiante. Pero su principal preocupación es no poder completar dicho trabajo a la hora indicada...
Picacha vive en el iglu-loft de hielo azul que construyeron en el último emprendimiento de la zona situado justo frente al humilde iglu de Marumba. Dicho loft fue construido con la última tecnología y con solo apretar un botón, una losa radiante derrite en minutos toneladas de hielo. Marumba observa anonadado el proceso de descongelamiento, como un niño que apoya la cara en la vidriera de una juguetería. Ese instante diario le produce felicidad. Allí la ve, parada en la puerta a punto de salir.
Ella lo observa despectiva y esquiva. No sospecha cuanta emoción le transmite a ese ser anónimo que la ha colocado en un altar de hielo azul. Él está fascinado desde el primer día que la vió. Ella es tan moderna, tal altiva, tan liviana. Él es simple, humilde y sacrificado. Toda su vida es un esfuerzo como quien corre tras la rueda para seguir avanzando. No puede instalar ese sistema que le ayudaría a recuperar eso tan precioso que tanto desea; tiempo. Sueña con el día que tomará coraje y se animará a saludarla. Teme ser rechazado y teje en su mente miles de ideas. Ese tejido se convierte en telaraña y termina atrapado como el reno que lleva en su pecho. Habla consigo mismo para encontrar las palabras perfectas que capten su atención. Sueña con tener un jardin florido y ofrecerle una flor, su mejor flor.
Otra vez la nieve se interpone en esa alternativa ya que solo puede sembrar plantas sin flores porque todas se secan. Si tuviese el sistema de descongelamiento podría crear un herbario artificial en algún sector. Cultivaría rosas, astromelias, jazmines y alegrías del hogar. La invitaría a su pequeño submundo para que elija la que más le gusta y entre flores y submarinos, le diría su gran secreto. Pero también imagina la reacción de ella ante tanta simpleza. Ahí sus sueños se deshilachan nuevamente y debe cambiar los puntos del tejido para armar otra posibilidad. Así pasan las horas y los días pensando en lo que no sabe si algún día será.
Llega la noche ya que los días son cortos y los fantasmas de la mañana siguiente, la hora que tiene que volver a palear, aparecen.
Pero antes de que su entrada comience a colmarse de nieve, la observa cuando regresa de trabajar. Cierra los ojos, retiene esa imagen y sueña...
Yanina Marquevich
Marumba desea con todo su ser que se derrita la extensión en la que habita. Kilos de nieve se multiplican día a día, no entiende entonces lo de las campañas ecologistas por calentamiento global.
Luego de tomar un submarino calentito, busca su herramienta y comienza el meticuloso proceso de apaleamiento. Previamente, se calza unos guantes de lana y un sweater verde que tiene bordado un reno de colores, se lo tejió su madre. Ese ritual está como incorporado cuasi programado.
Cuando termina de despejar la entrada, sale y respira hondo, retiene el aire. Sus pulmones se hinchan de felicidad y alivio por la tarea finalizada. Su sensación claustrofóbica a veces no lo deja dormir por la preocupación de la mañana siguiente y todo este trajín agobiante. Pero su principal preocupación es no poder completar dicho trabajo a la hora indicada...
Picacha vive en el iglu-loft de hielo azul que construyeron en el último emprendimiento de la zona situado justo frente al humilde iglu de Marumba. Dicho loft fue construido con la última tecnología y con solo apretar un botón, una losa radiante derrite en minutos toneladas de hielo. Marumba observa anonadado el proceso de descongelamiento, como un niño que apoya la cara en la vidriera de una juguetería. Ese instante diario le produce felicidad. Allí la ve, parada en la puerta a punto de salir.
Ella lo observa despectiva y esquiva. No sospecha cuanta emoción le transmite a ese ser anónimo que la ha colocado en un altar de hielo azul. Él está fascinado desde el primer día que la vió. Ella es tan moderna, tal altiva, tan liviana. Él es simple, humilde y sacrificado. Toda su vida es un esfuerzo como quien corre tras la rueda para seguir avanzando. No puede instalar ese sistema que le ayudaría a recuperar eso tan precioso que tanto desea; tiempo. Sueña con el día que tomará coraje y se animará a saludarla. Teme ser rechazado y teje en su mente miles de ideas. Ese tejido se convierte en telaraña y termina atrapado como el reno que lleva en su pecho. Habla consigo mismo para encontrar las palabras perfectas que capten su atención. Sueña con tener un jardin florido y ofrecerle una flor, su mejor flor.
Otra vez la nieve se interpone en esa alternativa ya que solo puede sembrar plantas sin flores porque todas se secan. Si tuviese el sistema de descongelamiento podría crear un herbario artificial en algún sector. Cultivaría rosas, astromelias, jazmines y alegrías del hogar. La invitaría a su pequeño submundo para que elija la que más le gusta y entre flores y submarinos, le diría su gran secreto. Pero también imagina la reacción de ella ante tanta simpleza. Ahí sus sueños se deshilachan nuevamente y debe cambiar los puntos del tejido para armar otra posibilidad. Así pasan las horas y los días pensando en lo que no sabe si algún día será.
Llega la noche ya que los días son cortos y los fantasmas de la mañana siguiente, la hora que tiene que volver a palear, aparecen.
Pero antes de que su entrada comience a colmarse de nieve, la observa cuando regresa de trabajar. Cierra los ojos, retiene esa imagen y sueña...
Yanina Marquevich
Pequeña cotidianidad
Cerró la estufa, prendió la persiana, regó la espumadera. Así comenzó su día. Buscó el teléfono que sonaba incesantemente, lo encontró en la heladera.
A veces el compás del mundo marca otro ritmo y los sinsentidos comienzan a aflorar. Quizás cuando crecemos ya no nos importa tanto disimular la locura. Quizás cuando llegue el final descubriremos que no valía la pena tanto control y orden. Por entonces, los teléfonos ya ni sonaran.
Yanina Marquevich
A veces el compás del mundo marca otro ritmo y los sinsentidos comienzan a aflorar. Quizás cuando crecemos ya no nos importa tanto disimular la locura. Quizás cuando llegue el final descubriremos que no valía la pena tanto control y orden. Por entonces, los teléfonos ya ni sonaran.
Yanina Marquevich
Rejas
La pequeña jaula que la contiene no le da seguridad. El árbol que la custodia por momentos parece abrazarla. Ella observa una una rama que se desprendió, está suspendida aferrada a otras , que no quiere caer. La rama está ahí, pidiendo a gritos ser salvada. Las otras indiferentes, no hacen nada, solo observan como ésta intenta sobrevivir.
Ella desde su balcón es poco lo que puede hacer para ayudarla. Quisiera gritarle que salte, que vuele y sea libre. No necesita de esas ramas estáticas, ella puede convertirse en mariposa y flotar.
La caída no será dolorosa. Lo doloroso sería permanecer aferrada sin volar. A veces las cosas suspendidas en el aire se detienen, se posan a descansar y a reflexionar antes de seguir su rumbo. Son esos instantes donde el tiempo se congela por microsegundos y son esos momentos donde uno comprende la importancia de avanzar sin mirar atrás.
Yanina Marquevich
Ella desde su balcón es poco lo que puede hacer para ayudarla. Quisiera gritarle que salte, que vuele y sea libre. No necesita de esas ramas estáticas, ella puede convertirse en mariposa y flotar.
La caída no será dolorosa. Lo doloroso sería permanecer aferrada sin volar. A veces las cosas suspendidas en el aire se detienen, se posan a descansar y a reflexionar antes de seguir su rumbo. Son esos instantes donde el tiempo se congela por microsegundos y son esos momentos donde uno comprende la importancia de avanzar sin mirar atrás.
Yanina Marquevich
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